…y esto es lo que pasa cuando te desvelas y tienes hambre

El silencio de las noches es mi aliado en este lapsus intermitente, las teclas inertes me acompañan, van de luto, honramos la muerte de la misericordia, la muerte del amor, y de la honra. Honramos a todos los muertos vivientes que algún día llenaron nuestras horas de fulgor, honramos las sonrisas malolientes que intentaron ser refulgentes, resultando, únicamente, siendo mentiras de la gente…de más gente.

Cada noche recuerdo que no tengo a quién amar, y eso me hace pensar que, quizás, conmigo mismo sea suficiente…que fortalecerme en el silencio y en la soledad quizás sea lo más conveniente, pues he fallado tantas veces en medio del éxtasis del triunfo…

El dolor vacío y pasajero de las noches macabramente silenciosas, me hace desear algo, pero no sé qué es; me hace querer hacer algo, ¡pero no sé qué!…quizás gritar, quizás salir, quizás correr, quizás saltar…quizás volver a caer en el maldito carrusel del destino…aunque, como siempre he dicho, los “quizás” no pueden hacerse realidad a menos que así lo quieras…y aunque desee tales cosas, definitivamente NO (nótese el no) las quiero.

No tener a quién amar después de haber probado aquel dulce veneno, es sentir que una parte valiosa y cuantiosa de tu alma yace muerta, esperando a que algún estímulo fantástico la excite para poder atreverse a colorear tus sentidos (otra vez), para hacerte ver en cada noche no sólo la luna y tres estrellas, ni en cada tarde el sol y siete nubes, ni en cada crepúsculo el gris y triste cielo que se despide de la luz del cielo azul…

No tener con quién compartir tus sonrisas sintiéndolas tesoros, no tener con quién hablar mientras sientes un nudo en el estómago, no tener a quién mirar y embelesarte con sus ojos…no tener a quién besar y sentir que tus labios se queman, no tener a nadie que haga que tu corazón se acelere, no tener a nadie que te llame en las noches, no tener a nadie que te mande un mudo mensaje de texto…no tener a nadie que te robe el pensamiento, los sueños…las miradas…no tener a nadie en quién depositar tus más nobles sentimientos…es un alivio, debo admitirlo, UN GRAN ALIVIO…Pero es indiscutible, que tras haber sido infectado por aquel empalagoso je ne sais quoi, empiezas a sentir que algo te hace falta…es como si algo te succionara la vida y no te quisiera dejar en paz (aunque quizás tan sólo tenga hambre y esté delirando porque son casi las 11 de la noche), como si, ¡como si estuvieras loco!…Deseas revivir en tu memoria algún rostro con el cual soñar todas las noches, ¡pero no encuentras más que frustraciones!, deseas poder mandarle a alguien un mensaje, ¡pero todos tus contactos son tan solo amigos!, deseas conectarte (admitámoslo, esto se volvió común en nuestra era…nos estamos adentrando cada vez más al mundo cyberpunk, lo cual no está del todo mal)…PERO BAH, ¡qué rayos estoy diciendo!, puras cursilerias, si el amor sólo existe en las novelas mexicanas.

Amar sin ser amado (o sea, lo de siempre) no es peor que no amar tras haber amado (sin importar si fuiste o no amado)…porque cuando no amas, y has probado aquel veneno, algo en ti muere por dentro…y luego viene lo peor: empiezas a delirar esperando TOPARTE (nótese el verbo “topar”) con alguien que valga la pena…y te mientes, diciéndote que no estás buscando nada, porque sabes que hacerlo sólo te hará sufrir un poco más…Trata de mirar hacia otro lado, hazte el idiota y deja que el verdugo que se plantó en el campo de los sueños rotos siga llorando hojas de plata con las que intentará construir un muro desolador…Hasta ahora todo lo que puedo hacer es seguir hablando de Ángel, de Fénix y, por supuesto, de la pobre Mina, en mi trágico libro de literatura no sé cuál.

Santiago Restrepo Castillo


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