Mientras tanto, idealizando la simple realidad

Situación: Santiago, un joven medellinense de 16 años de edad, se encuentra recién graduado del bachillerato. Como va a estudiar en la Universidad de Antioquia, tiene vacaciones hasta Abril; mientras empiezan las clases, se dedica a realizar unos cursos nivelatorios de álgebra y trigonometría, y formación ciudadana y constitucional, que le ofreció la universidad. Además, entrena natación de 4 a 6 de la tarde con el Club de Natación Huracanes, en el Complejo Acuático de la Liga de Natación de Antioquia.

Historia: Martes primero de febrero, 3 de la tarde. Santiago se dirige a la Liga de Natación, con su morral lleno de mejunjes embellecedores que su creadora lo incitó a usar por siempre. Camino al Metro, no detalla nada interesante, todo yace como siempre: los buses pasan y pasan, los carros pasan y pasan, las motos pasan y pasan, la gente…bueno, ya se entiende.

Al llegar a la estación Industriales, Santiago hace la fila para comprar su mísero tiquete de $2.200…Tras haber perdido unos cuantos minutos de su vida, se adentra en el complejo de transporte y espera el vagón, que se demora lo suyo…Finalmente llega, el joven nadador se observa en el reflejo de los cristales que parecen contaminados por todo lo que reflejan…las puertas se abren, Santiago ingresa y se recuesta en algún lugar, sintiendo la pesada energía de la gente que vive vidas imperfectas controladas por el Sistema, mas no por ellos mismos…siente miedo de terminar siendo víctima, algún día, de esa especie de maldición, teme no poder seguir viviendo su cómodo y evolucionista estilo de vida…¡sacude su cabeza!, el vagón ha llegado a San Antonio A, estación con transferencia a la Línea B (…). Baja, esquiva la gente, algo irritado, después sube por las escaleras con su cabeza inclinada hacia abajo, lo que menos quiere es tener de frente el trasero de gente que no conoce. Al llegar al último nivel de aquella estación, se pone de pie sobre la metálica plataforma frente a la cual se detendrá el vagón que lo llevará hasta su lugar de destino. El proceso anterior se repite, aunque con menos tedio, pues estando cerca de la única razón por la que se somete a aquel éxodo, Santiago se siente liberado del estrés, cada vez más cerca del agua…

“Estadio, estación cercana a…”, anuncia la femenina voz del Metro de Medellín. Santiago se baja, sale del complejo de transporte y camina con calma hacia el Complejo Acuático.

En el camino observa a otros que, como él, también van a entrenar, varios usan la pantalonera oficial del Club Huracanes, otros la del Club Envigado, la del Club Girardota, la del Club Estrellas…¡en fin! Santiago sigue su camino, no deseando otra cosa que lanzarse a la magnífica piscina olímpica desde un taco azul, usando su gorro blanco, sus gafas azules, su buso y pantalonera de licra color negro; trata de embelesar su mente con el recuerdo del fatídico pataleo que lo asfixia, y con cada trágico momento en el que debe realizar una vuelta olímpica (Juan, su entrenador, es aficionado extremo a las vueltas olímpicas). A su mente vuelven las memorias del cansancio, la fatiga y hasta la tristeza que le induce un entrenamiento agotador, pero también reviven en él las ansias de acostarse, esa noche, sabiendo que hizo de su día, un tiempo productivo.

Finalmente cruza la portería de la Liga de Natación, no encuentra cerca a ninguno de los compañeros de su club, así que sigue caminando hacia los terrenos de la piscina olímpica. Cerca ve a su chaparro y quemado entrenador, “parece un frijol”, piensa, se ríe sólo y luego saluda a los compañeros que ve por ahí. Se va a cambiar, al regresar escucha a Juan casi gritando “800 metros libre, 800 metros libre”…¡y se lanza!, siente el agua chocando contra su piel, sus ojos no ven más que un particular azul profundo hacia cualquier dirección, hasta donde alcanzan…los demás nadadores parecen extras que siguen sus trabajos de manera ininterrumpida. Una espontánea sonrisa se forma en el rostro de nuestro querido deportista, Susana la advierte mientras regresa de su primer 50, así que le sonríe y le zarandea la mano en forma de saludo…”Ojalá Juan no se enoje por eso”, piensan los dos.

Santiago Restrepo Castillo

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