La Cúpula

Nunca en mi vida había leído un libro tan increíble y descomunalmente interesante como La Cúpula, ese mastodonte maravilloso de Stephen King.

Hace ya varios meses le había prestado a mi padre unos cuantos pesos que había ganado con la publicación de mi primer libro, pesos que cuando él me devolvió, por alguna razón, supe que no me durarían mucho, que ni siquiera me tomaría la molestia de ahorrarlos (llámenlo predisposición, o como quieran, pero definitivamente estaba cansado de no gastar nada esperando a tener lo suficiente como para comprar una carro eléctrico que sabrá Dios dónde lo venden en este país gasolinero), así que me dije que debía gastar parte de ese dinero en libros, al menos en uno.

En un día de clases como cualquier otro en la Universidad de Antioquia, me acerqué a la librería de la Facultad de Ingeniería y me quedé unos quince minutos o más observando las dos vitrinas en las que lucían gloriosamente montones de libros que contenían en su interior tantos universos que difícil se me haría conocerlos todos sin lograr de manera un poco inconsciente asimilar unos con otros (¿confusión de lector empedernido?).

Aunque en realidad, muchos de esos libros eran de temas que no sonaban muy interesantes, o eran biografías, o libros de ciencia (llenos de imágenes que probablemente intentaban ser pintorescas pero que no lograban ser lo suficientemente entretenidas como para no aburrir a un lector normal con las fórmulas y textos técnicos que explicaban lo que una imagen por obvias razones no es capaz de), o novelas que…por una u otra razón no me parecían tan llamativos como para gastarles unos pesos.

Finalmente, como si el destino hubiera confabulado durante toda la historia del universo para que un joven estudiante de Bioingeniería se encontrara frente a una pared de vidrio observando a través de ella un libro con un pueblo bajo un domo en su carátula…Encontré “La Cúpula” de STEPHEN KING (aparecía en la portada). Al verlo, recordé la famosísima película de Los Simpsons, en la cual Springfield es encerrada bajo un domo de la EPA por su elevada contaminación; me dije a mí mismo que definitivamente debía conocer la historia, ¡la verdadera historia!, que había hecho posible aquella…desesperante película (por la actitud de Homero, se lo vio mas idiota que nunca a ese gran pendejo), porque sabía que la “no-parodia” debía de ser millones de veces más noble e interesante que la parodia.

– Buenas, ¿cuánto cuesta “La Cúpula”?- le pregunté a la señora que atendía.

Me dio el precio, unos 50 mil pesos colombianos, si no me equivoco. Saqué mi billetera con alegría, tenía suficiente dinero como para comprar cuatro ejemplares, pero, claro, solo necesitaba uno. Entregué el dinero en la caja y agarré el libro: 1139 páginas, el libro más grande que había sostenido en mis manos (eso creo, a parte de la Biblia) y, definitivamente, hasta ese momento, el más extenso que planeaba leer.

Pensé en “El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas”, de Haruki Murakami, un excelente libro de cyberpunk de unas 800 páginas (no diré que la cantidad no es lo importante porque, en verdad, me encantan los libros que a veces parecen no tener fin), y muy a mis adentros, rogué por que no existiera la posibilidad de llegar a arrepentirme de haber adquirido “La Cúpula”…y mucho más adentro de mí, deseaba que ese libro fuera aún mejor que “El fin del mundo y…”. Lo fue.

Empecé a leerlo el mismo día que lo compré…era algo decente (decente en cuanto a que merecía la pena leerlo). En el primer capítulo cae la Cúpula, mueren un animal (a parte de muchos pájaros), una señora que estaba en el jardín, la esposa del primer concejal de Chester’s Mill (el pueblo con forma de calcetín en el que se desarrolla toda la historia), el dueño de una avioneta, la mejor amiga de la hija del primer concejal (que era también la novia del hijo del segundo concejal)…y bueno, mejor, basta de spoilers jeje…

A eso de la página 200 abandoné la lectura de “La Cúpula”, no porque fuese aburrido, sino porque estaba algo atareado con mis deberes universitarios y deportivos. Pero cuando tomé la decisión (junto con mis padres) de cambiarme de universidad, mi agenda se vio increíblemente vacía y decidí terminar de una vez por todas con ese libro que, hasta la página a la que había llegado, me había parecido de lo más interesante.

Empezó la lectura intensa…

En un día leía, como mínimo, 100 páginas, y había días en los que llegaba a leer inclusive 200 (a continuación un GRAN spoiler jaja). Cuando supe que los alienígenas estaban metidos en aquel rollo de la Cúpula, mi interés se duplicó, o triplicó, ¡o infinitiplicó!…Y en poco más de una semana me encontré a un capítulo de no más de…treinta páginas, del glorioso (¿o no tanto?) final del libro por el que más de una vez llegué a pasarme la hora de la comida, a dormirme más tarde de lo que que acostumbraba, a no ir al gimnasio ni a nadar, a no salir con mis amigos, a no tocar piano o, inclusive, a no ir al baño cuando mi cuerpo me daba claras señales de que debía hacerlo…Pero todo eso valió la pena.

En los últimos capítulos, las ganas de llorar eran evidentes; tendido en mi cama, cambiando de posición cada se me entumecía un brazo, no podía dejar de estremecerme con los últimos acontecimientos de aquel maravilloso vademécum (gran parte de las ganas de llorar, se debían a la nostalgia que sabía que sentiría al terminar el libro, y verlo ahí, en la repisa, nada más)…Finalmente, leí la última hermosa frase de aquella obra maestra: “La compasión no era amor, pensó Barbie…, pero si eres un niño, darle ropa a alguien que está desnudo tenía que ser un paso en la dirección adecuada.”.

En la historia, mueren muchas personas, personas buenas, una cantidad mucho mayor que la cantidad de personas malas. Mueren animales, mueren niños, mueren mujeres y hombres inocentes…hay suicidios, violaciones, homicidios a más no poder, drogadicción, mentiras, bufoneo, y una dictadura asquerosa comandada por un maldito y mundano vendedor de autos usados, el bigjimrinnesco Big Jim Rennie (he decidido que relacionar a alguien con ese nombre, es un insulto)…Pero bueno, la idea no es contar la historia del libro.

“La Cúpula” me dejó valiosas enseñanzas no solo para el campo sintáctico y narrativo de la escritura, sino para la vida…Somos insignificantes, pequeños, tan poco importantes para el universo pero tan grandiosos desde nuestros propios ojos que a veces perdemos la noción de la realidad y nos adentramos en los mundos que nuestro inconsciente crea para que nos sintamos más cómodos.

El realismo, la objetividad (pero también el optimismo), el ingenio, la curiosidad, la lealtad hacia la verdad y los derechos, el respeto por la vida, el saber apreciar la amistad, la integridad y el altruismo, la dignidad, la camaradería, la solidaridad, la comprensión y el luchar por los ideales, por la vida, por la verdad, ¡por la libertad!, ¡de manera incansable y sin importar qué tan espantosos sean los obstáculos que intentan detenernos!…Son algunas de las cosas que Stephen King se encargó de decirme en 1139 páginas de pura genialidad.

Si pudiera hacerle saber que existo le daría las gracias, pero como no soy más que una hormiga más en esta colmena humana, me dedicaré a vivir, me pondré la vida para irme a casa, así parecerá que llevo un vestido…

🙂

Santiago Restrepo Castilo


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