“Las transiciones duelen”

Un día como cualquier otro me encontraba en el asiento del copiloto del auto de mi padre, mi hermano mayor iba manejando…, era esa hora del día en la que el cielo parece tener problemas de identidad, ese momento en el que decide abandonar lentamente el día para vestirse de negro y decirle al humano que es hora de iluminar su supérfluo mundo.

– No me gusta esta hora del día- le dije a mi hermano.

– ¿Por qué?- preguntó él.

– No sé…, me parece aburrida, gris.

– Es una transición, las transiciones son duras.

En mi memoria tengo montones de esos pequeños momentos que terminan siendo los más significativos en la vida…Las transiciones son duras, hasta el sol de hoy sigo repitiéndome esa frase…creo que lo hago cada día (a veces hasta sin darme cuenta de ello).

Si repaso mi vida en base a esas palabras, sabré muy bien que han tomado la forma de un axioma, ya no son teorema ya no necesitan ser probadas, eso es cosa del pasado…

Estudiaba en una pequeña guardería de un pequeño pueblo…cuando de pronto, ¡pum!, ¡armen maletas que nos vamos para Medellín!…Ahora estudiaba en un ENORME colegio en una gran ciudad, y había sido promovido de pre-escolar a primer grado, siendo así de los más pequeños (algo que me marcaría al menos hasta séptimo grado de manera palpable, y hasta décimo grado de manera psicológica).

Tengo en mi mente, otro pequeño-gran momento: al final de ese primer grado, en una actividad en la que participamos los hijos y nuestros padres, yo solté una leve risa en un momento de silencio en el que (no sé por qué) todos me estaban mirando, y entonces uno de mis compañeros lanzó el comentario que me marcaría por toda primaria: “¡Ay!, ¡primera vez que se ríe en todo el año!”…, aquello lo dijo sin resentimientos ni malas intenciones, simplemente lo dijo…, ahora deseo que no lo hubiera hecho.

Hasta cuarto grado estudié en ese gran colegio y viví en esa gran ciudad, después (teniendo que dejar mi título de representante de cuarto-uno y de representante de cuarto grado ante el consejo estudiantil), me fui a vivir a otro pueblo, no tan pequeño como el primero, pero pueblo a fin de cuentas. El colegio era sumamente pequeño en comparación con el anterior, me sentía como atrapado, como reducido, como empobrecido, sentía que en ese lugar no importarían las cosas que hiciera para obtener méritos, los méritos nunca serían suficientes para saciar mi sed de gloria…

Ahí va otro pequeño-gran momento: estábamos en el salón de paredes de cal unidas con estiércol de vaca, cuando llegó alguien a preguntar por el representante de grupo, un tal Santiago Arias…”No está”, exclamó algún compañero, y empezó una ínfima revolución.

– ¡Él nunca viene! – gritaron unos.

– Ese man nunca está- decían otros.

– ¡Mas bien pongamos a Restrepo de representante!

Ese último comentario fue el pequeño-gran momento, fue hecho con toda la seriedad del caso, y de hecho, fue una voluntad que terminó siendo cumplida…¿Acaso el liderazgo era mi destino?

Después de cuarto vino quinto, y luego sexto…empezaron a asomarse los problemas de la pubertad, empecé a darme cuenta de que el mundo no era lo que había estado pensando durante los últimos once años, ¡no!, el mundo no era esa balsa de aceite en la que todos podían ser felices y en la que los adultos eran perfectos…, porque el mundo en realidad era una puta selva llena de sentimientos negativos, llena de envidias y rencores por doquier.

En séptimo grado aún seguía viviendo en ese pequeño pueblo, pero me cambié de colegio, supuestamente al mejor colegio de ese pueblo…un tal Neosistemas, con una intensidad horaria de aproximadamente doscientos minutos diarios…, volví a ser el representante de grupo, pero bueno, eso no es lo que importa.

Fue en ese lugar, con mi consciencia en un mayor nivel de desarrollo y con mis “me estoy dando cuenta de…” que supe lo que era sufrir por ser rechazado. Nunca, en mis cuatro años en ese centro educativo, me sentí cómodo. “Las transiciones son duras”, habría pensando entonces, día tras día, pero…¿qué pasa cuando además de las transiciones, todo lo que demás que viene después de ellas, también es igual de duro?

En ese lugar viví por primera vez el rechazo, conocí la ira, la envidia, el rencor y el odio (el más infantil es el más nocivo, el más cruel, y el más duradero), en ese lugar empecé a creer que nunca encajaría en ningún sub-grupo de la sociedad, empecé a creerme las mentiras que los demás decían de mí, empecé a odiar al Sistema por ser tan absurdamente estereotipante, empecé a soñar con el día en el que pudiera ser libre de sus ataduras o, mejor aún, con el día en el que pudiera hacerle ver, entender y sentir a todos los que me rodeaban, los sentimientos que pasaban por mi cerebro e inundaban mi cuerpo…quería poseer empatía, para así hacerle ver al mundo que hacer sufrir no es bueno.

Nada de eso sucedió.

Al terminar décimo grado, volví a vivir a Medellín…¡La gran ciudad!, cuanto la había extrañado, había pasado años enteros deseando poder volver a hacer parte de ella, me había desvelado pensando en cómo habría sido mi vida si nunca la hubiera dejado…¡Pero ya!, el sueño se había cumplido…Aún así, tenía miedo de algo, de lo mismo de siempre: del rechazo, del deseo fútil por querer cosas que no necesito (socialmente), de la estúpida sed de gloria que busca siempre llenar esos vacíos que una familia tan quebradiza por dentro pero tan fuerte de apariencia excavaron en mi alma, como tratando de zanjar una tumba para mis esperanzas y mis sueños más profundos…

“Las transiciones son duras”, habría pensando entonces, cada mañana al despertar para organizarme y subirme a la buceta (a las cinco y cuarto de la “mañana”, cuando el cielo aún estaba oscuro). El curso comenzó, un día antes lloré porque ahora no sería Neosistemas el colegio al que me dirigiría al despertar, sino a otro, al Colegio de la UPB…

Otro pequeño momento: tenía doce años, estudiaba en el pequeño colegio de paredes de cal; estaba en Medellín con mi familia, habíamos ido a un centro comercial junto al cual quedaba el maravilloso Colegio de la Universidad Pontificia Bolivariana, ese gran templo cosmopolita del saber.

– Ese colegio es de ricos- comentó mi hermano-. ¿Cierto pá’?

– ¡Jm!- fue la respuesta de mi padre.

Desde entonces, cada vez que pasábamos por ese lugar, deseaba con todas mis fuerzas que algún día pudiera estudiar en él…aunque año tras año, esa esperanza se desvanecía, hasta que el destino, tan impredecible y extraño, le dijo que sí a mi tonto sueño y me dejó graduarme del Colegio de la UPB.

“Me gradué del Colegio de la UPB”, siempre me gusta la manera en la que suena eso…

No fui representante de grupo, ni representante ante el consejo estudiantil, y mucho menos personero (no podía presentarme a ninguno de esos cargos por ser nuevo); fui “el nuevo” en once, el último grado del bachillerato en Colombia; no formé parte del grupo musical, tampoco del grupo de teatro, y cuando participé en los Interclases me gané una medalla de bronce en los 100m combinados de natación porque hubo un piadoso cambio de reglas (los que lo habían ganado ya todo participaron en una rebuscada categoría llamada “expertos”, y los perdedores [entre los cuales figuraba mi nombre] participamos en “novatos”)…

Ninguno de mis sueños en ese colegio se cumplió. En lengua castellana no me dieron ningún tipo de bonificación por haber pasado a las Olimpiadas del Conocimiento con el puntaje más alto del colegio, ni tampoco por el hecho de haber publicado un libro; asimismo, no me prestaron ningún auditorio de la Universidad Pontificia Bolivariana para realizar el lanzamiento de dicho libro (el cual terminó siendo en el salón social de mi unidad…una imagen que meses antes del evento, veía como bochornosa). En inglés, siempre fui el segundo más teso; religión y filosofía casi me hace perder el año; y en tecnología, una materia en la que se trabajó Visual Basic (algo que yo vi todo décimo grado, con una preparación intensiva en varios lenguajes de programación desde séptimo grado), nunca brillé.

La experiencia de estudiar en ese colegio sólo aumentó mi inconformismo con el Sistema al que estaba inexorablemente ligado…Pero ya qué…

El último día de clases, supe que se venía algo insoportable: una transición. El colegio estaba ya vacío, caminé por él hacia el paradero de buses, con la camisa de mi uniforme de diario firmada por uno que otro compañero y profesor…Supe que todo lo que nunca había sido dicho, ya no lo sería, y que los sueños que no habían sido cumplidos, ya nunca serían…

Al entrar a la Universidad de Antioquia, preferí no hacerme ilusiones acerca de nada, ni siquiera acerca de ser uno de los mejores estudiantes, pues poco a poco, la vida había ido succionando mis esperanzas con puros sinsabores que le habían quitado el color a mis sueños. Entonces, las cosas empezaron a salir bien (aunque no sé si siempre he sido ciego y no he podido ver que las cosas siempre han estado yendo bien): en el examen clasificatorio de inglés adelanté cuatro materias (Inglés I, II, III y IV), en el primer parcial de geometría vectorial y analítica obtuve la segunda mejor nota del salón (y estuve entre los únicos cinco de casi cuarenta que ganamos dicho examen), en el examen de cálculo diferencial (para el cual no había estudiado, pues me había cogido la desgana) obtuve un inesperado cuatro…Aunque todo eso no son más que número, ¿verdad?

Después de varias luchas personales, sociales y familiares, vino otra peligrosa transición: me salí de la Universidad de Antioquia e ingresé a la Escuela de Ingeniería de Antioquia…

Llevo ya seis días visitando aquel bello templo a la ingeniería, y aún sigo preguntándome qué tal irá mi vida…

Por razones que aún no comprendo a cabalidad, me siento débil y pequeño, quizás porque apenas estoy en primer semestre…, es lo más lógico. Pero a parte de eso, hay cosas que no dejan de darle vueltas a mi mente: ¿qué tan profunda puede llegar a ser la falsedad del ser humano cuando se encuentra en situaciones adveras/soñadas/perfectas?, ¿qué tan real puede ser el mundo cuando en realidad todo demanda mentiras y farsa?

Sé que vendrán más transiciones, y no puedo esperar su llegada, pero sé que cuando estén en “mañana por la mañana”, aparecerá el dolor de los sueños no cumplidos, y de las palabras jamás dichas, y de los abrazados jamás desatados, y de los besos siempre enjaulados, y de las miradas extraviadas y los rencores absurdos y ridículos…

Me entristece de sobremanera saber que la sociedad en la que vivo no permite la sinceridad y obliga la falsedad y el silencio, y me entristece todavía más, saber que ir contra la corriente, duele…Lo sé muy bien, después de todo, es lo que he venido haciendo durante más de diecisiete años.

Santiago Restrepo Castillo


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