Burbujas de cristal

Ana2

Ana vive en el Estadio, un barrio de Medellín. Tiene poco más de 18 años y, aún así, puedo decir con certeza que ha visto más de lo que el tipo de persona que generalmente forma parte de mi círculo pseudo-social ha logrado…

Ana tiene el cabello crespo, y rapado a un lado de la cabeza, siempre anda con una sonrisa en su pecoso rostro aunque por dentro sepa muy bien que entre Ella y la Vida las cosas no van bien: “nos estamos dando un descanso”, me dice, mientras vamos en un bus con camino hacia algún lugar, y a la vez ninguno. En su bolso lleva solo una cosa: una botella de aguardiente, no ha comido nada durante más de un día, se mantiene vívida tomando licor (luego me dice que las nubes son rosadas).

Anda siempre con Tablona, su querido instrumento de skate, aquel que siempre le ha sido fiel y nunca la ha engañado, a diferencia de la vida y sus promesas ilusorias.

“Soy lo que soy ahora por haber confesado mi sexualidad, por haber creído que mis papás me querrían sin importar nada”, me confiesa, en una de esas tantas conversaciones que deseo que no tengan final.

Ella va sin rumbo y sin destino, a través de las calles de una ciudad que la ha visto crecer; en Medellín ha conocido a sus más esbeltos demonios, y se ha enfrentado con sus más terribles miedos. Ha perdido la virginidad mil y un veces con hombres y mujeres por igual, ha probado el éxtasis de la ilusión y saboreado la felicidad en una panelita de doscientos pesos a la que la invito un día de tantos en los que intenta enseñarme algo de skate.

Ana camina y no le duelen los pies, disfruta del atardecer en la Comuna 13 y garabatea la vida junto a sus amigos mientras deambula de San Javier a San Antonio; en el aire retumba el apodo de Medussa, como la llaman.

Por primera y quizás última vez estuve a su lado, sintiéndome extrañamente seguro, y en mi lugar, fuera de una burbuja de cristal.

Ana comprendió todos mis miedos, visualizó mis demonios, como si hubiera tocado un pedazo de la Death Note que llevo en mi mente y hubiera obtenido la capacidad de ver mis Shinigami….Ana es diferente, y está escrito que nunca vivirá para ser como los otros.

Corrí, salté, canté, grité y lloré a su lado. Conocí cosas que siempre quise conocer, y aprendí más de lo que nadie me había enseñado. Ella me dejó ser yo mismo, sin tapujos, sin mentiras, sin rencores…Medussa fue un espíritu liberador que rompió mi burbuja.

Ella me agrada.

Y de alguna manera, deseo que todos mis conocidos salgan de la burbuja de cristal en la que viven, y se den cuenta de lo que hay más allá. Pero sé muy bien que la mayoría vive demasiado asfixiada con la perfección que ven dentro de los límites que se han impuesto…dentro de una burbuja de cristal que en cualquier momento, puede romperse.

Santiago Restrepo Castillo


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