Receta para los vacíos

Adicción no. 1:

El cuarto entero olía a sexo, había perdido una noche entera viendo pornografía y cansando sus brazos…Era la sexta paja del día. Que macabro era el sentimiento que invadía su cuerpo después del éxtasis, sentía como si estuviera a punto de caer en el vacío, como si estuviera a punto de hundirse sobre su propia masa, a punto de ser tragado por el universo hacia un mundo paralelo. Sentía el peso de la culpa, el cansancio y la frustración…sentía muchas cosas, menos alivio, y mucho menos se sentía menos vacío que antes.

Adicción no. 2:

Después de robarle a su madre lo necesario, fue de inmediato al barrio más pobre de su ciudad a conseguir algo de cocaína. La droga ya no le ocasionaba el mismo efecto que la primera vez, y cada vez tenía que consumir más para sentirse medianamente bien…pero simplemente ya no podía dejar de depender de esa puta droga que le alteraba el funcionamiento cerebral y le hacía sentir por breves instantes de tiempo que ya no tenía vacíos, que estaba completo.

Adicción no. 3:

Al abrir sus ojos en la mañana, recordó todo lo que le hacía daño y decidió quedarse postrado por más tiempo. Su madre salió de casa bastante temprano y no volvió hasta altas horas de la noche. Su padre trabajó todo el día. Cosas comunes. No puso sus pies sobre el suelo una sola vez durante más de veinticuatro horas, no comió, no evacuó, no se duchó…simplemente se puso sus audífonos y cerró sus ojos. Algo de medicina le colaboró en su épico descanso.

Adicción no. 4:

Verse así frente al espejo le partía el corazón, ¿qué había pasado con esos días de gloria en los que no había necesitado de nada fuera de lo común para ser feliz?, ¿qué había pasado con esos días de gloria en los que se había sentido como el mejor ser humano sobre la faz de la Tierra?. No lo sabía, definitivamente no lo sabía, y sentía que daba igual si se cortaba o no la piel. Quería sentir algo, esa era la idea. Las cuchillas de su Gillette friccionaron con su piel, cortando una capa relevante; la sangre empezó a brotar y el lavabo empezó a enrojecerse. Le gustaba observar el flujo de su sangre fuera de su cuerpo, era casi místico…como si la sensación de vacío se escapara, aunque en realidad estuviese más vacío que antes. Eventualmente, en cuestión de minutos, cuando ya no estaba frente al espejo, observando su pobre semblante, lo único que quería hacer era seguir cortando su piel, hasta ser lo suficientemente valiente como para quitarse la vida.

Adicciones, receta imperfecta para los vacíos.

Vacíos, respuesta perfecta ante la dejadez.

Dejadez, producto de la indiferencia social.

Que poderosos son nuestros actos, por pequeños que sean, y por más que no lo creamos.

Santiago Restrepo Castillo


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