El valor del silencio

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– ¿K es igual a G?- pregunta él, sabiendo de antemano la respuesta.

– A la menos siete- completa, sin que se la haya pedido hacerlo.

– Sólo se me ocurre un esqueleto- responde.

¿Qué hay detrás de tu silencio? Nadie te lo ha preguntado, nadie quiere que respondas.

Parece extraviado, distante, perdido, confuso, camina de lado a lado sin saber realmente a dónde se dirige, ¿cuál es su lugar? El silencio le confiere respuestas, y le gusta tenerlas.

– Paris, Francia. Roma, Italia. Madrid, España- enumera, con orgullo.

– Alemán- titubea, con una mirada llena de satisfacción.

– Inglés, portugués, francés. Piano. Ciencia ficción. Matemáticas- vomita, sintiendo que se la va a quebrar algo, quizás el orgullo.

Nadie entiende su silencio, aquel con el que se atavía y ornamenta, aquel en el que se acobija y extravía, aquel en el que devana y conspira…Lentamente, crudamente, fielmente, estúpidamente. Alguien se esconde en su silencio, alguien observa entrelíneas las palabras, alguien imagina lo prohibido, alguien se retuerce ante lo imposible.

El silencio devuelve el tiempo.

El silencio ahoga las miradas.

El silencio acalla las palabras necias.

El silencio lo trae de vuelta a casa.

El silencio…no, el silencio no hace nada.

Es inútil, lo sofoca, lo reprime, lo traiciona, lo vuelve ciego, lo enloquece. Un pase directo a la psicosis.

– Sólo se me ocurre un esqueleto.

– Gracias.

– Material genético.

Ya no hay salida, el silencio es una puerta que lleva al mismo cuarto. El silencio lo estanca, lo detiene.

Se detiene por un instante a observar el mundo que lo rodea, y se percata de que es todo tan extraño, tan irreal, tan inesperado, tan cruel y distante, que prefiere…sí, prefiere guardar silencio. Se ahoga y se quema por dentro, pero sabe bien que es necesario.

El silencio lo desnuda.

Por eso es tan valioso.

Sólo en el silencio puede ver la verdad.

Santiago Restrepo Castillo


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