Perdiendo el rumbo

Sanctorum caminaba en silencio a través de las calles de Croacia, sintiendo la lluvia mojar su piel. 

“Me queman”, pensaba. 

Pero no las gotas de lluvia, sino las lágrimas, aquellas que con un intenso y mudo dolor derramaba, dejando que viajaran por su rostro, surcando sus mejillas y cayendo hacia el vacío al lanzarse en picada desde su barbilla. Sus pasos salpicaban el asfalto…sus manos en los bolsillos de un gabán negro que había comprado una tarde de septiembre.

“Para ser como ellos”, recordaba.

El gabán que lo ataviaba lo hacía sentir orrendo, mugroso, pesado…

“Fedorento!”, blasfemó, en portugués, intentando sacarse una sonrisa.

Su cuerpo estaba cansado, cada vez menos capaz de sostener a su dueño, un inmortal. 

Sanctorum caminaba en silencio a través de las calles de Venecia, sintiendo la lluvia mojar su piel, repitiendo aquella escena cruel. Lo había intentado nuevamente, pero aún así no lo había conseguido, seguía siendo el mismo, un bufón pesado hecho de espejos que reflejaban la maldad de quienes en él se apreciaban, de quienes con él se rodeaban. 

“No existe el norte”, se dijo.

Caminaba hacia ningún lugar y hacia todos a la vez, no había nadie en quién confiar, no había nada en qué agarrarse, no se le permitía caer y llorar, por eso lo hacía caminando, por eso seguía moviendo su cuerpo, aunque no supiera en donde iría a terminar, no podía darse el lujo de caer y sufrir, divagar…

Caminó durante muchas horas en silencio, sus pies estaban en fuego, ardiendo de dolor, el Sol vislumbró el horizonte, sus rayos atacaron su rostro, consumiendo lentamente su piel. Dobló ágilmente en un esquina y se encontró en un parque, vio rostros fugitivos, hermosos y cautivos, felices, alegres y adorables, perfectos y capaces, sociales y especiales.

“Los he visto tantas veces”, pensó, sintiendo una sensación de odio recorriendo su cuerpo, de pies a cabeza, confundiéndolo, pues no sabía a quién odiaba…quizás a él mismo.

Sanctorum caminaba en silencio a través de las calles de Estambul, era de noche, llovía y se sentía frágil, pero también pesado. Quería dormir mil años y despertar en otro mundo, olvidar quién había sido, olvidar los rostros que lo perseguían fuese a donde fuese, olvidar el dolor que lo carcomía desde lo más profundo de su alma, olvidar…olvidar que las cosas existen y que la vida duele.

Así que por primera vez en mucho tiempo, Sanctorum se detuvo y se sentó en silencio, en medio de la noche, en medio del sepulcro. Y durmió.

Santiago Restrepo Castillo


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